12 de octubre: la invasión de América, columna del periodista Eduardo López.
Se suele afirmar, repitiendo la reflexión de Cicerón de veinticinco siglos atrás, que “la historia es la maestra de la vida”. Y cuanto más pasa el tiempo, más maestra es. Esto se puede decir al referirse al 12 de octubre de 1492, día en el que Cristóbal Colón pisó continente americano. Hasta no hace mucho se hablaba sólo del “Descubrimiento de América”, algo que visto desde el Viejo Mundo, podría calificarse como una verdad a medias o una media verdad.
Porque, a través del paso de los años, y mirado desde esta parte del mundo, aquello fue una invasión con todo lo que esa palabra implica. Los resultados están a la vista. Fue una invasión con todas las letras y como se hacía en esos tiempos, a sangre y fuego.
Los especialistas han estudiado todo lo sucedido y se han vertido océanos de escritos y de palabras para describir todo lo que pasó en estos cinco siglos y algo más.
Ahora sólo queremos apelar al sentido común para calificar lo que pasó, analizarlo y buscar lo que puede hacerse para restañar las heridas, reparar lo mucho que se hizo mal, hacer justicia en el presente para preparar un futuro mejor. Los europeos todopoderosos de esos tiempos invadieron un continente cuyos habitantes tenían su propio mundo, su propia civilización, su propia religión, su manera de mirar la existencia, su cultura. Ni mejores, ni peores, distintas. Y nada fue respetado. Y todo fue expoliado. Y salvo honrosas excepciones, hubo un exterminio mayúsculo y una expoliación de riquezas que se prolongaron por siglos y que hoy continúan de alguna manera.
Sin embargo mucho se ha andado y hoy existe una toma de conciencia y la concreción de acciones en la reivindicación de quienes fueron los invadidos, aunque la deuda es tan grande que jamás podrá ser totalmente saldada.
Está bien que, como ya muchos lo hacen, se recuerde al 11 de octubre como el último día libre de América y el 12 como el de la invasión. Porque de alguna manera es poner la cosas en su lugar. Hoy la perspectiva histórica es distinta. Se puede llamar a las cosas por su nombre sin temor a profundizar heridas que ya están cicatrizadas y que no dejan de ser dolorosas.
La propia historia
Y en esto de la invasión los chaqueños tenemos nuestra propia historia y, gracias a Dios, somos una de las provincias donde nuestros pueblos originarios no llegaron a ser extinguidos, como pasó con algunos del sur y de Entre Ríos, por ejemplo, u otros que están reducidos a su mínima expresión. El Chaco es una de las provincias que tiene mayor población de pueblos originarios. Y que si bien sufrió un proceso de ninguneo y acciones que hoy nos avergüenzan, como la Masacre de Napalpí, se está en el lento y penoso camino de la Reparación Histórica de la que desde 1994 habla la Constitución Provincial.
Desde la época de René James Sotelo (década del 60) se empezó un camino de instalación de políticas de rescate que, extendidas en el tiempo, van recogiendo frutos, algunos con importantes resultados positivos, pero como en cámara lenta. Quizás donde más se haya avanzado sea en la Educación, donde ya se encuentra institucionalizada la enseñanza bilingüe y se cuenta con un instituto de formación de maestros y profesores aborígenes. Se ha consolidado los niveles Inicial y el primario; se ha progresado en el Secundario, mientras que el terciario y el universitario son una deuda pendiente.
Sin embargo, no se puede decir lo mismo desde el plano social, sobre todo en lo que se relaciona con el alimento, la salud, la vivienda, la educación, la tenencia de la tierra, la producción. Algunos de estos aspectos fueron de tal manera descuidados que obligaron, cinco años atrás a la intervención de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que emplazó a hacer determinadas obras relacionadas con la salud, la alimentación y la comunicación en El Impenetrable, las que sigue monitoreando.
Hoy no se puede afirmar que no existan esfuerzos y se concreten hechos positivos en todos los sectores del desarrollo humano. Pero hay algo que debe trabajarse entre todos. Y es un sesgo discriminatorio que la denominada población “blanca” tiene como incorporado a su esencia misma y que muchas veces es hasta inconsciente. Por más que de labios para afuera se diga otra cosa, se suele pensar y afirmar que “los indios son vagos, que no les gusta trabajar, que son pedigüeños, poco comunicativos, ignorantes, taimados”. Y esto porque se los mide con los mismos parámetros de una civilización y de una visión del mundo muy distintos, sin darnos cuenta que en muchas oportunidades han asimilado nuestros defectos y los aprendieron por la necesidad de subsistencia y por el relegamiento a que se los ha confinado.
Este es el largo camino que se debe recorrer para que la incorporación a la vida de todos los días tenga el mismo rango que tuvieron los miles y miles de inmigrantes que llegaron a este zona y que conformaron con las etnias originarias y los criollos eso que el inolvidable Negro Cristaldo llamó “Razachaco”.
La deuda de la tierra
Pero si hay algo de los habitantes de esta provincia, pero sobre todo sus gobernantes, están en deuda con los pueblos originarios es con la distribución de la tierra. Y eso a pesar de los mandatos constitucionales, tanto de la Nación como de la provincia (ver textos en recuadro). Hay un caso paradigmático que parece un chiste y con el que se vistieron varios gobiernos. El ya famoso el decreto nacional del presidente Marcelo Torcuato de Alvear del 19 de febrero de 1924 por el que entregó las 150.000 hectáreas situadas entre los ríos Teuco y Bermejito en la denominada Mesopotamia Chaqueña que fue reconocido 67 años después, el 13 de febrero de 1991 por el gobernador Danilo Luis Baroni mediante otro decreto que encomendó al Instituto de Colonización, al Instituto del Aborigen y a las entidades comunitarias aborígenes a realizar un relevamiento poblacional para determinar el real estado de ocupación de esas 150.000 hectáreas. Cinco días después, el 18 de febrero, el gobernador en persona acudió a Olla Quebrada, a orillas de Teuco, para entregar en un acto solemne la copia del decreto.
Ese mismo año, el16 de octubre visitó por primera vez el Chaco como presidente de la Nación Carlos Menem y viajó a Olla Quebrada, donde asistió a un acto con la presencia de 3.000 aborígenes de las etnias toba, wichí y mocoví. Allí entregó los primeros títulos de propiedad de las 150.000 hectáreas de la zona del Teuco Bermejito. Cerca de una década después, el 30 de noviembre de 1999 luego de 75 años los aborígenes del interfluvio Teuco Bermejito recibieron el título de las 150.000 hectáreas de manos del entonces gobernador, Ángel Rozas. Sin embargo el traspaso efectivo de las tierras y el reacomodamiento de los pobladores aborígenes de la zona tuvieron un largo proceso, que hoy aún -87 años después- no ha concluido. Las mensuras y el reacomodamiento de los criollos es un proceso de nunca acabar. Todos, sin excepción, desde Baroni hasta hoy, prometieron acelerar los tiempos y buscar las soluciones, pero como, la única verdad es la realidad, todo está en un proceso interminable.
Mientras unos asuntos continúan con lentitud, algunos hasta la irritación, las cosas van ocupando su lugar en la historia. Muy pocos dudan de que lo que empezó Colón un 12 de octubre de 1492 fue el inicio de una invasión que llegó a ser sangrienta y exterminadora y que tuvo etapas, después de 1810, de las que hoy nos avergonzamos, pero que dan inicio a este presente que busca, de alguna manera, una reparación histórica que todos debemos.
FUENTE: diarionorte.com
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